CAPITULO 3
―Supongo.
―Genial ―él se inclina y me besa en la mejilla―. Mis amigos
pensaron que te pondrías toda loca. Pensaron que me ibas a golpear o algo así.
Ahora que lo pienso… pero no, no podría golpearlo.
Antes de que pueda abrir la boca para suplicarle que vuelva
y perder toda la dignidad que me queda, se da vuelta y se va. Luego, él
simplemente se ha ido. Fuera de mi vista, pero definitivamente no fuera de mi
mente.
Eligió a la banda antes que a mí.
Jadeo. Miro al lago y tengo la tentación de saltar dentro,
para nadar y pretender que esto no está sucediendo. La desesperación se apodera
de mí como las olas que lavan las huellas en la arena de la costa, y empiezo a
temblar incontrolablemente. Mis rodillas se derrumban en la arena y puedo
sentir mis lágrimas calientes caer de nuevo. Esta vez no las aparto. Rompo a
llorar recordando todos y cada uno de los momentos que Marco y yo pasamos
juntos, y rezando porque mi periodo sólo esté retrasado y yo no esté
verdaderamente embarazada.
Quedarme embarazada a los quince años nunca fue mi
plan.
PETER
Supongo que mi secreto ha salido a la luz. Si no fuera por
esa maldita serpiente, no me hubiese caído del acantilado y mi ´amá no estaría
sentada en la habitación del hospital amenazándome con los ojos entrecerrados
diciéndome en silencio que estoy metido en problemas.
El caso es que no tenía veneno corriendo por mi cuerpo. Uno
de los colmillos de la serpiente pinchó un nervio de mi mano, siendo esa la
razón por la que la tenía entumecida. Mientras el padre de Brooke me llevaba al
hospital, sabía que había sobrevivido a la mordedura y la caída, pero todavía
tengo que sobrevivir a mí ´amá.
Mientras me caía por el peñón, me rasgué bastante las
piernas. Debería estar agradecido por haber podido sujetarme a la parte de una
roca que sobresalía con la mano buena, incluso aunque me hubiese arrancado la
piel de la palma hasta la muñeca y casi necesitara puntos de sutura. Al final,
el doctor decidió que los cortes no eran lo suficientemente profundos para eso
y le pidió a una enfermera que me vendara nada más.
Mi ‘amá cruzó los brazos sobre su pecho.
―Me has dado un susto de muerte, PETER. ¿Quién te dijo que
escalaras montañas sin arnés de seguridad?
―Nadie.
―Fue una estupidez ―me dijo, señalando lo obvio mientras
observaba a la enfermera vendarme la mano.
―Ya lo sé.
Miré hacia mi hermano Alex, apoyado en la ventana mirándome.
Estaba negando con la cabeza, probablemente preguntándose cómo era posible que
tuviera dos hermanos menores destinados a hacer estupideces. Nuestro padre
murió antes de que yo naciera, por lo que Alex se convirtió en el hombre de la
casa desde que tenía seis años. Tengo que reconocer que tiene mérito. Él
siempre trató de alejarnos de problemas. Aunque Carlos siempre fue una causa
perdida. Mi ‘amá decía que nació dando patadas y gritando y no paró hasta ser
un adolescente.
Entonces usó toda esa energía acumulada para comenzar peleas
con quien fuera tan estúpido como para encabronarlo.
Alex tenía veinte años cuando mi ‘amá envió a Carlos a vivir
con él para que Alex lo llevara por el buen camino.
Ahora Carlos era militar y Alex estaba a punto de casarse
con Brittany Ellis, la chica con la que había estado desde secundaria.
Una enfermera asomó la cabeza en la habitación.
―Sra. Fuentes, tiene que firmar unos papeles.
En cuanto mi ‘amá salió de la habitación, Alex caminó hacia
a mí.
―Eres un hijo de puta con suerte ―dijo―. Si alguna vez me
entero de que escalas sin arnés de nuevo, yo personalmente te voy a patear el
culo. ¿Entendido?
―Alex, no fue culpa mía.
―Joder ―dijo cubriéndose los ojos con la mano como si
tuviese un fuerte dolor de cabeza―. Suenas igual que Carlos.
―No soy Carlos ―le contesté.
―Entonces no actúes como él. Me caso dentro de dos semanas.
Dos semanas, Lo último que necesito es a uno de mis hermanos cayéndose de un
jodido acantilado y matándose.
―Técnicamente no era un acantilado ―le dije―. Y las
probabilidades de una mordedura de serpiente en el ascenso son casi…
―Dame un respiro ―dijo interrumpiéndome. No me importan las
estadísticas, Quiero a mi hermano en mi
boda.
Cinco chicas, incluyendo a Brooke, Jamie, y tres de sus
amigas, aparecieron en la puerta. Todas traían globos que decían: ¡Qué te
mejores pronto!
Me reí con apuro mientras mi hermano miraba con shock el
desfile de chicas que ataban los globos a los barrotes de mi cama.
―¿Cómo te sientes? ―preguntó Brooke.
―Como una mierda ―le dije levantando las dos manos vendadas,
una por la mordedura de la serpiente y la otra por haberse desgarrado en las
rocas.
―Hemos venido para hacer que te sientas mejor ―dijo Jamie.
Sonreí e inmediatamente me sentí mejor. Ahora que sabía que
no estaba a punto de morir, todo estaba bien.
―¿En qué habéis pensado, chicas?
Me pareció oír resoplar a mi hermano mientras daba un paso
atrás y las chicas rodeaban mi cama.
―¿Quieres que te dé un masaje en la espalda? ―preguntó
Angélica Muñoz con coquetería.
―He traído galletas de la panadería Pearl Street Mall ―dijo
Brooke―. Puedo darte de comer ya que no puedes usar las manos.
―Tiene que ser una broma ―dijo PETER detrás de ella.
Angélica se puso detrás de mí y comenzó a masajearme la
espalda, mientras que Brooke tomaba una de las galletas de chocolate y la
llevaba a mi boca.
Mi futura cuñada entró en la habitación, con sus botas de
tacón alto resonando en el suelo del hospital y su pelo en una larga cola de
caballo rubia cayendo por su espalda. Echó una mirada a su alrededor y negó con la cabeza confundida.
―¿Qué pasa aquí? ―le preguntó a Alex.
―No preguntes ―dijo acercándose a ella.
―Alex me llamó asustado porque estabas herido ―me dijo.
Levanté mis dos manos vendadas.
―Lo estoy. Duele un montón, pero el médico dice que
sobreviviré.
―Obviamente ―dijo―. Pero no creo que estés tan feliz cuando
tu madre entre en la habitación y pille a su hijo de dieciséis años, rodeado por
su propio harén. Ya sabes cómo es de sobreprotectora, Luis.
―Si es como mi madre, se pondrá histérica ―dijo Angélica,
luego se volvió hacia las otras chicas―. Tal vez deberíamos irnos.
Angélica es una chica con la que he “jugado” casualmente por
ahí un par de veces en las fiestas. Ella tiene padres mexicanos, así que lo
entiende. Las otras chicas no tienen ni idea de lo protectoras que pueden ser
las madres mexicanas.
Le dije a las chicas que les mandaría un mensaje de texto
cuando pudiera usar mis manos, y se fueron justo antes de que mi ‘amá entrara
de nuevo a la habitación.
―¿Quién ha traído los globos? ―preguntó―. ¿Han sido las
chicas que vi en el pasillo?
―Sí ―le dije―. Son amigas de la escuela. ―No es necesario
que entre en detalles sobre cómo me he divertido con tres de las cinco en un
momento u otro. Eso traería un sermón que definitivamente prefiero evitar.
El doctor me da de alta media hora después; en cuanto le da
instrucciones a mí ‘amá sobre cómo tratar las heridas en casa.
―No eres invencible ―me dijo Alex después de que Brittany y
mi ‘amá salieran de la habitación―. Ninguno de nosotros lo es. Recuérdalo.
―Ya lo sé.
Señala mi pecho con el dedo y bloquea mi camino.
―Escúchame, PETER, porque sé muy bien lo que tenías en la
cabeza cuando decidiste escalar sin equipo de seguridad. Te gustó la sensación
de adrenalina sabiendo que le estabas diciendo “vete a la mierda” al peligro.
Tengo un hermano en el ejército y un mejor amigo que lleva cuatro años bajo
tierra, y no voy a darme la vuelta y quedarme tan tranquilo mientras veo que a
mi hermanito se le pone dura por coquetear con el peligro.
―Te tomas la vida muy en serio ―le respondo, pasando por
delante de él. Ya no soy tu hermano pequeño, Alex, y no soy tan inocente como
parezco. Tengo casi dieciséis. ¿Recuerdas a esa chica, Brooke, la que me trajo
galletas? Ella tampoco es tan inocente. ¿Quieres saber cómo lo sé?
No puedo evitar sonreír mientras Alex se tapa las orejas con
las manos para no escucharme.
―No quiero saberlo ―dijo―. Eres demasiado joven, hermano. Te
juro que si embarazas a una chica, tendrás más que dos manos vendadas que curar.
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